El año 2019 parece que ha comenzado con un comportamiento de los mercados totalmente distinto al vivido durante todo el 2018. A priori podríamos pensar que el 2018 ha venido plagado de malas noticias y todo apunta a que este 2019 la situación es diferente. Y no es así, el comportamiento del mercado genera en la masa optimismo o pesimismo y hace que las buenas o malas noticias tengan más repercusión según la tendencia.

En 2018 evidentemente ha habido malas noticias, pero no han sido las únicas. La economía ha seguido creciendo a un aceptable ritmo y los resultados empresariales han marcado máximos históricos tanto en países desarrollados como en emergentes. A falta de alguna revisión, la economía global ha crecido en 2018 un 3,7%, el mismo dato que en 2017 y superior a los años previos (3,6% de crecimiento del PIB global en 2014; 3,4% en 2015 y 3,2% en 2016). Las economías emergentes han crecido una décima más (5% frente al 4,9%) y Estados Unidos un 2,9% (previsto) frente al 0,8% de 2017. Sin embargo, la Eurozona sí que se ha contraído claramente hasta el 1,9 (previsto) desde el 2,4% de 2017. Y este crecimiento de la economía global se ha traducido en creación de empleo. La tasa de paro ha caído en los países desarrollados (del 5,6% al 4,9%) y emergentes (del 6,2% al 5,5%), mientras que el sector inmobiliario ha seguido ofreciendo cifras optimistas, tanto en datos de creación de viviendas como de subida de precios, ambos sin marcar niveles preocupantes en términos generales.

Pero lo que más repercusión ha tenido para los mercados y lo más buscado en Internet ha sido el temor al estallido de la burbuja de la renta fija; el aplanamiento de la curva de tipos de Estados Unidos; la recesión próxima de Estados Unidos; la ralentización de la economía de China; el ascenso del populismo; la inmigración; el muro de Trump; el Brexit; el conflicto entre Italia y la Unión Europea; Cataluña; los chalecos amarillos en Francia; la caída de las divisas de Argentina y Turquía y, por supuesto, la guerra comercial entre China y Estados Unidos.

Y es que a los individuos nos atraen las malas noticias, las historias dramáticas en general. Según publicó el país el 6 de enero en un estudio sobre las palabras más buscadas en internet, resulta que las búsquedas sobre Diana Quer se acercaron a las de “Trump” la semana de ser elegido Presidente. Otro dato es que de las 10 noticias más leídas en 2017 en todo el mundo, 4 eran de sucesos violentos.  Estamos seguros de que esta semana por desgracia, las búsquedas de “Julen” estarán a la cabeza en Google. ¿Por qué nos atraen estas historias dramáticas? Los psicólogos mencionan muchos factores, incluidos la empatía por las víctimas y el deseo de justicia. Pero además apuntan un rasgo que nos caracteriza: el sesgo de negatividad. A las personas nos dominan los estímulos negativos, de forma que las emociones desagradables nos impactan más.  Esta negatividad tiene raíces biológicas. La atracción por los crímenes y las catástrofes, por ejemplo, parece un mecanismo evolutivo: conocer las cosas peligrosas sirve para evitarlas. Seguramente a nuestros ancestros les ayudó prestar atención a las historias sobre fieras o desconocidos. Los más atentos sobrevivían, y sus genes han llegado hasta nosotros.

La atracción por los crímenes y las catástrofes es un mecanismo evolutivo: conocer las cosas peligrosas sirve para evitarlas. Por razones parecidas, los estímulos negativas captan antes nuestra atención. Es algo que ocurre a nivel casi neuronal: las personas reaccionamos más rápido ante palabras negativas; y al mirar imágenes desagradables el parpadeo es más frecuente, que es un síntoma de atención. La atracción por lo negativo explica que las malas noticias sean tan abundantes. Son las que preferimos. Para demostrarlo, Marc Trussler y Stuart Sorok usaron un experimento trampa. Invitaron a una serie de personas para participar en un estudio del movimiento de sus pupilas. Pero antes de empezar les pidieron que leyeran cualquier noticia de una página web. Solo estaban calibrando la cámara, les dijeron, y no importaba qué leían. Podían escoger cualquier texto y el resultado fue el previsto: la mayoría eligieron noticias negativas. Ni siquiera se daban cuenta. De hecho, esas mismas personas, cuando se les preguntaba más tarde, decían que preferían las buenas noticias y que en la prensa había demasiadas malas.

Estamos seguros de que todos deseamos leer noticias positivas, pero tras ojear un periódico, finalmente recordamos más las negativas. Esto es lo que sucedió en los mercados en 2018. No hay argumentos para justificar que Estados Unidos se dirija a una recesión, pero a base de leer esta noticia una y otra vez, empezamos a temer por ello y los inversores reducen riesgos, los empresarios reducen sus inversiones y temen aumentar gastos o expandir su negocio, mientras que los consumidores aumentan su propensión al ahorro. Si finalmente sucede, quizás sea más por una profecía auto-cumplida que por la sucesión natural de los hechos. Otro ejemplo es que las empresas han ganado más en 2018 en conjunto que en toda la historia. Los beneficios han marcado máximos históricos y podemos tirar de hemeroteca y revisar las semanas de publicación de resultados y ver que las noticias positivas superaban en mucho a las negativas. Pero las revisiones bajistas de beneficios futuros pesan más y eran estas las que provocaban los desplomes de las cotizadas.

Este año no es que esté habiendo más noticias positivas. Lo que ocurre este año es que las bolsas están rebotando, y los días de subida buscamos en Internet qué es lo que justifica el movimiento, por lo que directamente nos dirigimos a las noticias positivas. El Brexit sigue sin tener una solución a la vista, sigue sin haber un acuerdo entre China y Estados Unidos, y el parón de la administración de Estados Unidos ya es el más largo de la historia. Sin embargo, los mercados suben. Por tanto, es el sentimiento de la masa el que marca la tendencia. Si finalmente estamos en un suelo de mercado y el rebote tiene continuidad, esto generará muy probablemente que los inversores pasen del pesimismo más absoluto a un optimismo moderado y, de ahí, al optimismo más absoluto, como por otra parte ha venido sucediendo siempre en los mercados.


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