Fuente: Artículo  publicado en Uniblog por José María López Jiménez, Doctor en Derecho y miembro del equipo de trabajo de Edufinet.

Relacionar el cambio climático con el sistema financiero parecía un sinsentido hace algún tiempo, al igual que vincular  el medioambiente con las finanzas sostenibles. Sin embargo, algo parece estar cambiando. “Este año se han producido enormes olas de calor en América del Norte y en Europa, huracanes en América del Norte y tifones en el sudeste asiático, sequías en el sur de África y Australia, lluvias sin precedentes que han causado mortales deslizamientos de tierra en Japón, y, ahora, los devastadores incendios forestales en California”.El anterior párrafo parece estar tomado de la información meteorológica pero es, en realidad, es una transcripción de un reciente discurso de Mark Carney, Gobernador del Banco de Inglaterra. Lo primero que llama la atención es que los desastres naturales no se focalizan en una zona determinada del planeta, sino que se extienden por los cinco continentes sin excepción.Sorprende el interés de un banquero central por el cambio climático. Se puede pensar que este interés es puramente material, pues, por ejemplo, las pérdidas financieras en el sector de seguros asociadas a estas calamidades se aproximaron en 2017 a los 140.000 millones de dólares. Sin embargo, los reguladores y los supervisores financieros están siendo especialmente activos en la lucha contra el cambio climático y en el intento de cambiar la tendencia que, según todos los indicios, nos llevará, antes o después, si no se actúa y se adoptan las medidas adecuadas, a agotar los recursos naturales y al colapso económico y social.

Hay autorizadas voces que afirman que nos encontramos en un punto de no retorno, quizás no sea casual que el último Premio Nobel de Economía se haya concedido, junto a Paul M. Romer, a William D. Nordhaus, por su contribución a la integración del cambio climático en el análisis macroeconómico a largo plazo. Es coherente con este estado de cosas que una buena parte de las entidades bancarias esté comenzando a tratar los riesgos asociados al cambio climático como otros riesgos financieros más tradicionales, y que, las más avanzadas, los estén incorporando a sus marcos generales de identificación y gestión de riesgos, estableciendo estrategias y objetivos desde los mismos consejos de administración, es decir, al más alto nivel. De este modo, ha quedado superada una visión de la protección medioambiental circunscrita a la RSC de las entidades, que ha dado paso a otra mixta, en la que lo rigurosamente financiero y lo relativo a la sostenibilidad van de la mano. Como muestra, en el “Anteproyecto de ley de cambio climático y transición energética”, con todas las vicisitudes por las que pueda pasar hasta su eventual aprobación, se prevé que las entidades cotizadas y las de crédito deberán emitir un informe anual sobre la estimación de riesgos financieros asociados al cambio climático y a la transición hacia una economía más sostenible.

El “Grupo de Expertos de Alto Nivel sobre Finanzas Sostenibles” constituido en 2016 a instancias de la Comisión Europea, que emitió su informe final en enero de 2018 y en el que se basa el Plan de Acción, determina que las finanzas sostenibles se deben articular en torno a dos imperativos urgentes:

1.      Mejorar la contribución de las finanzas al crecimiento sostenible e inclusivo mediante la financiación de las necesidades de la sociedad a largo plazo.

2.      Reforzar la estabilidad financiera mediante la incorporación de los factores ambientales, sociales y de gobernanza (ASG) a la toma de decisiones de inversión.

Hay que aclarar que las finanzas sostenibles no solo deben asociarse con la protección medioambiental, sino también con elevados estándares en materia de compromiso de las entidades bancarias con la sociedad y de su mismo gobierno corporativo (enfoque ASG), aunque es cierto que en los países occidentales la parte en la que queda más camino por recorrer, en un intento de armonizar el crecimiento con la sostenibilidad, con el reloj en contra, es en la medioambiental. En posteriores artículos de UniBlog, analizaremos las vertientes social y de gobernanza de las finanzas sostenibles. Según el discurso citado al comienzo de este artículo, se estima que la inversión en infraestructuras relacionada con lo ambiental en el periodo 2015-2030 requerirá unos 90 billones de dólares, por lo que, como se puede presumir sin esfuerzo, acaso haya pocos ámbitos más propicios que este para que el liderazgo en lo financiero venga acompañado del buen posicionamiento ante la sociedad y ante las generaciones futuras. No deja de ser paradójico que a un sector tan castigado en su reputación como el financiero se le haya atribuido una responsabilidad de este tamaño, aunque la batalla contra el cambio climático no solo se ganará con las grandes decisiones, sino también con los pequeños gestos de toda la ciudadanía en el día a día.

 

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